
Ya nos encontramos en plenas fiestas. Hay atmósfera de vacaciones. Visitas y reuniones de familia y amistad. Felicitaciones y buenos deseos y grandes sentimientos. Tiempo de frío, de enormes heladas y alguna nieve.
Nos ponemos en camino hacia Belén, el Belén de la vida, de la alegría y del dolor, el Belén del cansancio, pero también de la esperanza, el Belén de la paz y el amor.
La ternura de Dios viene a nosotros cargada de cosas nuevas. El Señor está dispuesto a poner su cuna en medio de la indiferencia. Nuestra mirada se posa en escaparates, regalos, cenas, diversión, fiestas…, pero falta algo.
Él, no esconde su debilidad; se ofrece en un poco de pan partido y de vino en medio del silencio, con humildad y discreción. La debilidad es el vestido con que se presenta el Amor. En realidad es una fuerza porque es la misma fuerza de Dios. Es el débil anuncio que trae la paz al mundo. Es el regalo que nos hace.
Es voluntad del Padre que el Verbo se haga carne para que nosotros estemos con Él y trabajemos con Él en un mundo que se convierta en gloria de su Padre. La Encarnación es el contacto con Dios. Podemos conocer a Dios, mirarlo, tocarlo; podemos celebrar la Eucaristía y así adquirir una nueva dignidad –dignidad recibida ya en el bautismo- que es la de ser personas humanizadas, hombres y mujeres nuevos, pues Dios mismo se hizo hombre. ¡Qué gran dignidad!
Navidad es tiempo de silencio, un silencio contemplativo. Es tiempo de maravillarse ante tanta sencillez, tanta humildad, tanta debilidad, tanta riqueza escondida en una criatura, tanta belleza, tanta….
¡FELICES PASCUAS DE NAVIDAD!
Navidad es tiempo de silencio, un silencio contemplativo. Es tiempo de maravillarse ante tanta sencillez, tanta humildad, tanta debilidad, tanta riqueza escondida en una criatura, tanta belleza, tanta….
¡FELICES PASCUAS DE NAVIDAD!

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